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AMLO, de manita sudada con los empresarios

Análisis a fondo
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AMLO, de manita sudada con los empresarios




Francisco Gómez Maza













Imposible que, en México, con el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, estalle una revolución como la Revolución Bolivariana, liderada por el comandante Hugo Chávez y, a la
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AMLO, de manita sudada con los empresarios




Francisco Gómez Maza













Imposible que, en México, con el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, estalle una revolución como la Revolución Bolivariana, liderada por el comandante Hugo Chávez y, a la muerte de éste, por Nicolás Maduro, ambos satanizados por la pequeña burguesía latinoamericana.

Y no se puede porque:

Primero, México es el patio trasero del imperio del capitalismo. Los Estados Unidos de Norteamérica. Es uno de los socios más importantes del mercado estadounidense, con el que comercia las cuatro quintas partes de su comercio global. Jamás. Ningún gobernante mexicano podría poner condiciones de venezolanización, de rechazo al modelo capitalista y de instauración del socialismo (menos del comunismo) porque México está inserto en lo que llamo la división internacional de la ideología, hablando en términos maquiavélicos. Imagine un gobierno socialista en las meras narices del tío Sam. Ni pensarlo.

De paso, debo remarcar que la expresión “patio trasero” es atribuida al desaparecido Adolfo Aguilar Zínzer, hijo de Adolfo Aguilar y Quevedo, durante muchos años jefe del jurídico de la Casa Excélsior, la verdadera, la que se resquebrajó el 8 de julio de 1976.

Dicha tal aclaración, pasó al segundo motivo por el cual sólo podría calificar de nacionalista al gobierno que aún está por inaugurarse. Un proyecto que rechaza el neoliberalismo trasnochado y el capitalismo de casino, practicado por los gobiernos del PRI y de la Docena Trágica, que sacrificaron el bienestar de la población trabajadora mexicana en beneficio de los más influyentes empresarios, particularmente de capital extranjero avecindados en los mercados mexicanos, y uno que otro empresario multimillonario de los de nacionalidad mexicana.

López Obrador no es un personaje de la izquierda marxista, filocomunista, aunque muchos pequeñoburgueses insistan en calificarlo así, sobre todo los periodistas de cierta prensa extranjera. Y menos puede pensarse que sea de izquierda en momentos en que gozan, él y los más influyentes empresarios mexicanos, de una especie de luna de miel, en la que los detentadores del billete grande se desviven por ganarse la voluntad del tabasqueño, inclusive renegando de un sistema priista que los colmó de pingües beneficios de toda índole, sobre todo fiscales. Miles de millones de pesos tendría que cobrarles el fisco, ahora que se instale el nuevo gobierno, pero dudo que lo vaya a hacer porque el nuevo presidente está comprometido hasta la cachas con el empresariado, que será su socio principal en los proyectos de desarrollo que echará a andar el primero de diciembre venidero.

Inclusive, el mismo gobierno saliente, el que le entregará la banda tricolor al morenista, se ha lanzado en apoyo de los planes lopezobradoristas, cuando, durante la campaña electoral, lo satanizó hasta las náuseas. Por ejemplo, el encargado del desmantelamiento de Pemex y de la venta del subsuelo nacional, la Comisión Nacional de Hidrocarburos, acaba de salir con que sí es posible la construcción de una nueva refinería, compartida con capitales privados, ya que – aclara - la ley de asociaciones público-privadas da flexibilidad para que el Estado comparta riesgos y tenga mayor capital e impacto. En el país hace falta por lo menos una nueva refinería para reducir el nivel absurdo de importaciones de gasolinas – se compra en el exterior el 75% del consumo -, de acuerdo con el comisionado presidente de esa Comisión (CNH), Juan Carlos Zepeda Molina.

Este lunes pasado, durante la reunión entre el presidente electo con industriales de la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin), se concluyó que uno de los objetivos es rescatar y recuperar la producción petrolera y de gas. Se está cayendo y, si no hay un plan emergente, se nos puede producir una crisis de mayor intensidad.

Pero este asunto del petróleo y la participación de empresarios privados es sólo un ejemplo. Entre el “izquierdista” (así calificado por los calificadores) y los dirigentes empresariales hay un idilio que a nadie conviene romper. AMLO está atrapado en la red del empresariado. Y si su proyecto es generar grandes obras de desarrollo nacional; sacar a la economía nacional del estancamiento; revertir los efectos negativos de la política económica neoliberal (en Estados Unidos, cuna del neoliberalismo, éste ya es una vieja historia); levantar los niveles de vida de los trabajadores, no tiene más remedio que cogerse del brazo de la empresa privada. Tendrá que construir e inaugurar el NAICM, el tren rápido Ciudad de México-Querétaro, suspendido por presunta corrupción; y todos los grandes proyectos ideados por el neoliberalismo salinista, además de los suyos, como las refinerías, que no son enchíleme otra. No tiene otra opción, aunque los radicales de Morena intenten empujarlo hacia la izquierda. Y los antiamlo insistan en que es hijo del mismo diablo.

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