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Thu, Aug

Hasta hace 30 años, hubiera resultado más que gacho para la izquierda mexicana –la auténtica, o al menos la menos fingida- pensar siquiera en cohabitar con su enemigo histórico (también supuesto): la derecha.
Bajo esa lógica, a esa izquierda le hubiera resultado de infarto adoptar en ese entonces el principio del ejercicio del poder como vía para la acumulación de capital financiero y político.
Pero hace 30 años la izquierda no era poder colosal y sus espacios de influencia que eran minúsculos los ha ido agrandando al mismo ritmo que su metamorfosis ideológica. Y el razonamiento de que “si no puedes con el enemigo, únetele”, le ha salido a la perfección, a tal grado que ahora felizmente se revuelca en las turbias aguas de la democracia capitalista. Tanto, que en múltiples ocasiones ha superado a su adversario ideológico en esos encantadores menesteres del ejercicio del poder.
Fuera máscaras, habrían comprendido quienes bajo el manto de la ambición abandonaron la lucha de clases en la que se escudaban y se convirtieron –tal como se muestran ahora- en unos adversarios más del pueblo del que presuntamente surgieron y al que dijeron defender. Prevalecen rastros del antiguo dicho de que si un mexicano a los 18 años de edad no es izquierdista, es un torpe; pero que si a los 30 sigue siendo de izquierda, es un verdadero imbécil.
En ese tránsito de amores fingidos, la izquierda mexicana tradicional dejó de existir. Y de hecho no existe, o al menos la modernidad y quienes dicen representarla la han llevado al extremo de la indigencia al renunciar a sus principios por el ánimo de sobrevivir y el generoso ejercicio de la acumulación. El estado lastimoso de la izquierda nacional no es casual. Históricamente, en otros ambientes ha sido tan corrupta que se ha revirado hacia la base social que la encumbró. La mexicana no tendría por qué ser la excepción, visto como es que la política no es para ingenuos.
El izquierdismo puro que dicen emplear quienes desde la burocracia partidista cultivan pequeñas parcelas de poder y se expandieron después para cosechar enormes sembradíos políticos, se han convertido en verdaderos latifundistas.
En esa pérdida de congruencia, al mexicano común se le dificulta ya identificar a personas y partidos políticos que realmente comulguen con ideas socializantes genuinas.
Las vanidades, su misma farsa y el manejo de presupuestos los han enloquecido.
En esa suerte de políticos elásticos están configuradas varias administraciones estatales y muchas municipales que rivalizan con las federales en el uso y abuso de poderes constitucionales, que malbaratan al país, fomentan la usura capitalistas y mantienen a la inmensa mayoría de sus habitantes en calidad de andrajosos e invasores de su propia tierra (los que la poseen).
La destartalada administración de la Ciudad de México se ubica a la perfección en ese entorno, pero lo hace más patético que quien la encabeza ni siquiera tuvo afinidad con el partido presuntamente de izquierda que lo encumbró y que casi ni es partido… a no ser por las inyecciones que le aplica el gobierno federal a cambio de sumisión.
Por si las calamidades nacionales no fueran bastantes, resulta que ese esperpento político burocrático que hostiliza a la capital de la República, personificado por Miguel Ángel Mancera, se muestra como aspirante a la Presidencia de la República en 2018.
Sería mucha la preocupación para aquella inmensa mayoría de jodidos, pero no significa ningún consuelo si frente a Mancera se muestran otras opciones deplorables como la mexiquense, la poblana o de la estructura burocrática federal que en el ejercicio de sus responsabilidades (¡pa´ su mecha!) dejan rastros de salvajismo puro.
La naturaleza maligna de las personas embarradas de poder constitucional va de la mano con la de los partidos políticos que las apuntalan y que en el Congreso de la Unión tienen también el escenario ideal para mostrarse como el pueblo los juzga: verdugos huérfanos.
La intentona de anular la propiedad privada inmobiliaria en la CDMX, proyecto del que ahora ningún partido ni personaje alguno alega paternidad por absurdo y porque se traduce en pérdida de negocio político, revela en corto lo que traerá la Constitución de la Ciudad de México cuando esté acabada y se le lance a los capitalinos como nuevo azote para el sometimiento y el negocio político, antes que para la reivindicación de los derechos plenos de la ciudadanía como se ha reclamado de modo enfermizo.
El plan (atribuido al PRI) de que el valor agregado de los inmuebles pase a control y propiedad del gobierno de la ciudad para aplicarlo a propósitos de apoyo a las clases marginadas y de carácter ecológico (el sobreprecio mensual a las gasolinas que nunca se ha aplicado para mejorar la calidad del ambiente pone en claro la dimensión de la mentira), fue sin embargo adoptado por la superflua Asamblea Legislativa capitalina.
La alevosía con que se actúa desde los partidos y desde la administración pública en la CDMX, es claro, no tiene siglas únicas ni connotación ideológica definida porque la mezcla las hace imprecisas.
Sin embargo, lo poco que se conoce del ejercicio de Constitución que se realiza en la CDMX (en cuya tarea está involucrado ese trágico revoltijo) refleja que está orientada a dotar a la administración pública de herramientas para la recaudación y el control político.
El eterno reclamo porque el ordenamiento capitalino permita reparar los derechos ciudadanos ha sido violado antes de nacer. Y la izquierda cómplice y variopinta que tiraniza a la capital es ampliamente responsable.

Sin proponérselo, el servicio informativo cotidiano que a través del canal cibernético Uno TV le cuelga Telcel a sus clientes, la tarde del día 6 reflejó en dos notas distintas una realidad grotesca regional que, a fuerza de repetirse en otras localidades, alcanza rango nacional.
La primera, titulada “Corte frena destitución de Cuauhtémoc Blanco”, reflejó lo que es: el pendenciero, briago, disléxico y cuasi analfabeta ex futbolista llevado a alcalde de Cuernavaca para penuria de un buen puñado de morelenses, libraba por antojo y protección de la Suprema Corte el procedimiento de revocación del mandato, iniciado por la legislatura local.
En términos barrocos, propios de la fábrica de leyes lanzadas con ánimo de hostilizar antes que de facilitarle la vida al pueblo, el recurso para darle cuello al televisivo y jorobadito personaje que lo relevante que tuvo como futbolista lo carece de político y administrador público, se lo encajó el Congreso porque no cumplió los requisitos de elegibilidad.
Dicho en términos llaneros, al señor don licenciado Cuauhtémoc Blanco (como supone uno que le gusta que lo traten ahora, aunque ignore que Benito Juárez es inmortal en obra y memoria, y que por más que quisiera no puede recibirle el saludo y agradecimiento que le envió durante una ceremonia cívica escolar) el Congreso morelense le pisa los huaraches porque al alcalde, en su febril deleite por el billete, se le culpa de haber vendido su fama en siete millones de pesos para ser candidato.
“Convencido” por maniobra y gracia de otro manojo de mafiosos políticos que lo llevaron al poder y con quienes terminó a rasguños, con traición y maledicencias de por medio, como muchos morelenses genuinos debió imaginar que su primera aventura política no era más que una vacilada –como realmente lo es-, que su candidatura no era más que un negocio –como realmente lo fue- y que ganaría menos votos que sus goles anotados –como sorprendentemente todo mundo se equivocó-.
Hartos de las chicanadas y tropelías de políticos sádicos con perfil de forajidos que involuntariamente ha engendrado Morelos, los habitantes de Cuernavaca aceptaron como candidato a un chilango avecindado en la capital del estado, votaron por él a ciegas y desde entonces, ¡ay nanita!, saben lo que es cohabitar con satanás y ser “gobernado” desde un antro.
Escandalizada por los constantes disparates de su alcalde, como haber inventado una vicepresidencia municipal en exclusiva para José Manuel Sanz, el representante de Blanco cuando fue futbolista y que se chuta 800 mil pesos en alimentos cada 90 días, Cuernavaca vive en virtual anarquía. Sus servicios son raquíticos y caros, mientras sus habitantes y el comercio padecen el asedio de narcotraficantes, de sicarios, de bandas de secuestradores, de policías corruptos… y de su presidente municipal asociado, por añadidura, con corruptelas.
La segunda nota en cuestión de Uno TV fue titulada: “ Este hombre pasó de la calle a millonario”. Aunque le queda al dedillo, no se trata de una extensión ni complemento de la información sobre Cuauhtémoc Blanco, pero a capricho del lector y de manera involuntaria, “alimenta” más el retrato retorcido del polémico alcalde de Cuernavaca.
El problema radica en que al país le sobran “Blancos” como el de Cuernavaca, quien pudiera argumentar como atenuante que, efectivamente, no es el único marrullero en México… y quizá en el mundo.
El pueblo, siempre sabio, le antepondría lo que es: consuelo de pendejo.

Ocupada más en vigilar a los tres millones de servidores públicos del país (millares más, millares menos) que tienen devoción por la uña en grado enfermizo y compartida con empresarios cacos, a una inmensa mayoría de mexicanos les ha de venir más que guango la elección presidencial de Estados Unidos… a no ser que al mamarracho de Donald Trump, como es multi tachado, se le ocurra comenzar a cumplir la retahíla de amenazas anticipadas a la raza de bronce.Y entonces sí, a parir chayotes.Porque no es el gobierno federal –el de aquí, constituido por una generación de advenedizos que a su vez les vale queso la soberanía y esa cosa llamada dignidad- el que sufriría los daños severos del revanchismo y la aptitud facistoide de un mafioso (otro de muchos) casi metido a huevo en la Casa Blanca, sino la camada de mexicanos que pujan a diario por entrar a Estados Unidos, unos, y por que no les deporten, otros 13 millones, a fin de no morir de hambre o a balazos en suelo patrio.Más allá de esa detalle, el desinterés de la prole nacional por un proceso electoral en la Meca de la democracia (donde sin embargo cotidianamente se dan sus chances para ejecutar estafa y media con el voto ciudadano, al más puro estilo de un país que cifra su fama en el chanchullo y que parece todos conocemos), tiene varias rostros: el primero, muy contrahecho porque eso de intentar comprender los votos electorales que deciden una elección gringa, es como meterse a turistear al Metro a las 7 de la mañana (una pendejada, pues).Otra razón que anima el valemadrismo autóctono por saber quién es el gringo en turno que sojuzgará al mundo, es altamente apreciable, porque con presidente demócrata o republicano, a México –y a los mexicanos, con más ardor- siempre le ha ido como en feria, lo que reafirma la propensión sin escrúpulos de los estadounidenses en cultivar intereses antes que amigos, tendencia histórica expresada por John Quincy Adams, el sexto mandatario de aquel país, y repetida con pequeñas variantes por John Foster Dulles, secretario de Estado en los años cincuentas del siglo pasado.La peor parte de la “buena vecindad” que Estados Unidos le prodiga a México, representada en versión populachera como quien te palmea la espalda mientras te roba la cartera, se ha traducido en constantes invasiones militares, despojos territoriales en el Siglo XIX e intrigas criminales cotidianas. Y en ello ni demócratas ni republicanos (que constituyen el bipartidismo con que sostienen su democracia “ejemplar”) se han apiadado de nada ni de nadie.William Howard Taft, republicano de bigote enmohecido, fue quien instruyó a su embajador en México, Henry Lane Wilson, para maquinar el complot de Victoriano Huerta que derivó en el asesinato de Francisco I. Madero.Y cuando el mexicano curioso supuso que Abraham Lincoln, el exhibido adalid de la justicia y la democracia gringa, por su presumida inspiración “libertaria” era tan demócrata como la Hilary Clinton de ahora abatida en las urnas por un fanático obtuso como se demuestra Donald Trump, ¡zas!, resulta que no, que su amor por México y por la razón lo demostró, antes que con argumentos de equidad y respeto, con “discursos cálidos, emocionantes y efectivos” durante una reunión de guerra, precisamente cuando México se enfrascó en una serie de fallidas confrontaciones con Estados Unidos por la definición de límites territoriales con Texas, según relata el historiador Stephen B. Oates.Más acá, con todo y su tendencia democrática a cuestas y con su autodeclarado populismo, Barack Obama le ha interpuesto una cortina obstruccionista a los intereses de nuestro país, peor que el muro previsto por Trump y empezando por el continuado despojo de los recursos naturales, la brutal apropiación del mercado interno, por sostener la política del garrote contra indocumentados… y por avalar (con signos ominosos de patrocinio soterrado) el caos legislativo, administrativo, político y de seguridad pública que aterroriza a México.A demócratas y republicanos los une la ganancia y la codicia. Unos se empeñan en regularlas. Otros en afianzar la libertad de empresa, como signo propio y de exportación de un capitalismo ya agobiante para el resto del mundo.Pa´l caso es lo mismo. Con Chana o con Juana, México sigue siendo menos de los mexicanos.

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