03
Wed, Jun

*Izquierda servil…

Lorenzo Delfin Ruiz
Hasta hace 30 años, hubiera resultado más que gacho para la izquierda mexicana –la auténtica, o al menos la menos fingida- pensar siquiera en cohabitar con su enemigo histórico (también supuesto): la derecha.
Bajo esa lógica, a esa izquierda le hubiera resultado de infarto adoptar en ese entonces el principio del ejercicio del poder como vía para la acumulación de capital financiero y político.
Pero hace 30 años la izquierda no era poder colosal y sus espacios de influencia que eran minúsculos los ha ido agrandando al mismo ritmo que su metamorfosis ideológica. Y el razonamiento de que “si no puedes con el enemigo, únetele”, le ha salido a la perfección, a tal grado que ahora felizmente se revuelca en las turbias aguas de la democracia capitalista. Tanto, que en múltiples ocasiones ha superado a su adversario ideológico en esos encantadores menesteres del ejercicio del poder.
Fuera máscaras, habrían comprendido quienes bajo el manto de la ambición abandonaron la lucha de clases en la que se escudaban y se convirtieron –tal como se muestran ahora- en unos adversarios más del pueblo del que presuntamente surgieron y al que dijeron defender. Prevalecen rastros del antiguo dicho de que si un mexicano a los 18 años de edad no es izquierdista, es un torpe; pero que si a los 30 sigue siendo de izquierda, es un verdadero imbécil.
En ese tránsito de amores fingidos, la izquierda mexicana tradicional dejó de existir. Y de hecho no existe, o al menos la modernidad y quienes dicen representarla la han llevado al extremo de la indigencia al renunciar a sus principios por el ánimo de sobrevivir y el generoso ejercicio de la acumulación. El estado lastimoso de la izquierda nacional no es casual. Históricamente, en otros ambientes ha sido tan corrupta que se ha revirado hacia la base social que la encumbró. La mexicana no tendría por qué ser la excepción, visto como es que la política no es para ingenuos.
El izquierdismo puro que dicen emplear quienes desde la burocracia partidista cultivan pequeñas parcelas de poder y se expandieron después para cosechar enormes sembradíos políticos, se han convertido en verdaderos latifundistas.
En esa pérdida de congruencia, al mexicano común se le dificulta ya identificar a personas y partidos políticos que realmente comulguen con ideas socializantes genuinas.
Las vanidades, su misma farsa y el manejo de presupuestos los han enloquecido.
En esa suerte de políticos elásticos están configuradas varias administraciones estatales y muchas municipales que rivalizan con las federales en el uso y abuso de poderes constitucionales, que malbaratan al país, fomentan la usura capitalistas y mantienen a la inmensa mayoría de sus habitantes en calidad de andrajosos e invasores de su propia tierra (los que la poseen).
La destartalada administración de la Ciudad de México se ubica a la perfección en ese entorno, pero lo hace más patético que quien la encabeza ni siquiera tuvo afinidad con el partido presuntamente de izquierda que lo encumbró y que casi ni es partido… a no ser por las inyecciones que le aplica el gobierno federal a cambio de sumisión.
Por si las calamidades nacionales no fueran bastantes, resulta que ese esperpento político burocrático que hostiliza a la capital de la República, personificado por Miguel Ángel Mancera, se muestra como aspirante a la Presidencia de la República en 2018.
Sería mucha la preocupación para aquella inmensa mayoría de jodidos, pero no significa ningún consuelo si frente a Mancera se muestran otras opciones deplorables como la mexiquense, la poblana o de la estructura burocrática federal que en el ejercicio de sus responsabilidades (¡pa´ su mecha!) dejan rastros de salvajismo puro.
La naturaleza maligna de las personas embarradas de poder constitucional va de la mano con la de los partidos políticos que las apuntalan y que en el Congreso de la Unión tienen también el escenario ideal para mostrarse como el pueblo los juzga: verdugos huérfanos.
La intentona de anular la propiedad privada inmobiliaria en la CDMX, proyecto del que ahora ningún partido ni personaje alguno alega paternidad por absurdo y porque se traduce en pérdida de negocio político, revela en corto lo que traerá la Constitución de la Ciudad de México cuando esté acabada y se le lance a los capitalinos como nuevo azote para el sometimiento y el negocio político, antes que para la reivindicación de los derechos plenos de la ciudadanía como se ha reclamado de modo enfermizo.
El plan (atribuido al PRI) de que el valor agregado de los inmuebles pase a control y propiedad del gobierno de la ciudad para aplicarlo a propósitos de apoyo a las clases marginadas y de carácter ecológico (el sobreprecio mensual a las gasolinas que nunca se ha aplicado para mejorar la calidad del ambiente pone en claro la dimensión de la mentira), fue sin embargo adoptado por la superflua Asamblea Legislativa capitalina.
La alevosía con que se actúa desde los partidos y desde la administración pública en la CDMX, es claro, no tiene siglas únicas ni connotación ideológica definida porque la mezcla las hace imprecisas.
Sin embargo, lo poco que se conoce del ejercicio de Constitución que se realiza en la CDMX (en cuya tarea está involucrado ese trágico revoltijo) refleja que está orientada a dotar a la administración pública de herramientas para la recaudación y el control político.
El eterno reclamo porque el ordenamiento capitalino permita reparar los derechos ciudadanos ha sido violado antes de nacer. Y la izquierda cómplice y variopinta que tiraniza a la capital es ampliamente responsable.

Hasta hace 30 años, hubiera resultado más que gacho para la izquierda mexicana –la auténtica, o al menos la menos fingida- pensar siquiera en cohabitar con su enemigo histórico (también supuesto): la derecha.
Bajo esa lógica, a esa izquierda le hubiera resultado de infarto adoptar en ese entonces el principio del ejercicio del poder como vía para la acumulación de capital financiero y político.
Pero hace 30 años la izquierda no era poder colosal y sus espacios de influencia que eran minúsculos los ha ido agrandando al mismo ritmo que su metamorfosis ideológica. Y el razonamiento de que “si no puedes con el enemigo, únetele”, le ha salido a la perfección, a tal grado que ahora felizmente se revuelca en las turbias aguas de la democracia capitalista. Tanto, que en múltiples ocasiones ha superado a su adversario ideológico en esos encantadores menesteres del ejercicio del poder.
Fuera máscaras, habrían comprendido quienes bajo el manto de la ambición abandonaron la lucha de clases en la que se escudaban y se convirtieron –tal como se muestran ahora- en unos adversarios más del pueblo del que presuntamente surgieron y al que dijeron defender. Prevalecen rastros del antiguo dicho de que si un mexicano a los 18 años de edad no es izquierdista, es un torpe; pero que si a los 30 sigue siendo de izquierda, es un verdadero imbécil.
En ese tránsito de amores fingidos, la izquierda mexicana tradicional dejó de existir. Y de hecho no existe, o al menos la modernidad y quienes dicen representarla la han llevado al extremo de la indigencia al renunciar a sus principios por el ánimo de sobrevivir y el generoso ejercicio de la acumulación. El estado lastimoso de la izquierda nacional no es casual. Históricamente, en otros ambientes ha sido tan corrupta que se ha revirado hacia la base social que la encumbró. La mexicana no tendría por qué ser la excepción, visto como es que la política no es para ingenuos.
El izquierdismo puro que dicen emplear quienes desde la burocracia partidista cultivan pequeñas parcelas de poder y se expandieron después para cosechar enormes sembradíos políticos, se han convertido en verdaderos latifundistas.
En esa pérdida de congruencia, al mexicano común se le dificulta ya identificar a personas y partidos políticos que realmente comulguen con ideas socializantes genuinas.
Las vanidades, su misma farsa y el manejo de presupuestos los han enloquecido.
En esa suerte de políticos elásticos están configuradas varias administraciones estatales y muchas municipales que rivalizan con las federales en el uso y abuso de poderes constitucionales, que malbaratan al país, fomentan la usura capitalistas y mantienen a la inmensa mayoría de sus habitantes en calidad de andrajosos e invasores de su propia tierra (los que la poseen).
La destartalada administración de la Ciudad de México se ubica a la perfección en ese entorno, pero lo hace más patético que quien la encabeza ni siquiera tuvo afinidad con el partido presuntamente de izquierda que lo encumbró y que casi ni es partido… a no ser por las inyecciones que le aplica el gobierno federal a cambio de sumisión.
Por si las calamidades nacionales no fueran bastantes, resulta que ese esperpento político burocrático que hostiliza a la capital de la República, personificado por Miguel Ángel Mancera, se muestra como aspirante a la Presidencia de la República en 2018.
Sería mucha la preocupación para aquella inmensa mayoría de jodidos, pero no significa ningún consuelo si frente a Mancera se muestran otras opciones deplorables como la mexiquense, la poblana o de la estructura burocrática federal que en el ejercicio de sus responsabilidades (¡pa´ su mecha!) dejan rastros de salvajismo puro.
La naturaleza maligna de las personas embarradas de poder constitucional va de la mano con la de los partidos políticos que las apuntalan y que en el Congreso de la Unión tienen también el escenario ideal para mostrarse como el pueblo los juzga: verdugos huérfanos.
La intentona de anular la propiedad privada inmobiliaria en la CDMX, proyecto del que ahora ningún partido ni personaje alguno alega paternidad por absurdo y porque se traduce en pérdida de negocio político, revela en corto lo que traerá la Constitución de la Ciudad de México cuando esté acabada y se le lance a los capitalinos como nuevo azote para el sometimiento y el negocio político, antes que para la reivindicación de los derechos plenos de la ciudadanía como se ha reclamado de modo enfermizo.
El plan (atribuido al PRI) de que el valor agregado de los inmuebles pase a control y propiedad del gobierno de la ciudad para aplicarlo a propósitos de apoyo a las clases marginadas y de carácter ecológico (el sobreprecio mensual a las gasolinas que nunca se ha aplicado para mejorar la calidad del ambiente pone en claro la dimensión de la mentira), fue sin embargo adoptado por la superflua Asamblea Legislativa capitalina.
La alevosía con que se actúa desde los partidos y desde la administración pública en la CDMX, es claro, no tiene siglas únicas ni connotación ideológica definida porque la mezcla las hace imprecisas.
Sin embargo, lo poco que se conoce del ejercicio de Constitución que se realiza en la CDMX (en cuya tarea está involucrado ese trágico revoltijo) refleja que está orientada a dotar a la administración pública de herramientas para la recaudación y el control político.
El eterno reclamo porque el ordenamiento capitalino permita reparar los derechos ciudadanos ha sido violado antes de nacer. Y la izquierda cómplice y variopinta que tiraniza a la capital es ampliamente responsable.